Esta entrada del blog se centra en el consumo humano y el comportamiento de ahorro vistos a través de la economía del comportamiento, examinando los mecanismos psicológicos y los conceptos básicos detrás de por qué no logramos cumplir con los planes óptimos que establecemos para nosotros mismos.
La teoría económica comienza con intentos de predecir el comportamiento de los agentes económicos, pero en realidad, el comportamiento observado de las personas suele diferir de las expectativas teóricas. La economía ha evolucionado gradualmente mediante el análisis y el debate de estas llamadas anomalías. Recientemente, la economía del comportamiento, que reexamina críticamente los supuestos de la economía tradicional sobre las características reales del comportamiento de las personas, ha liderado este debate.
La diferencia entre la economía tradicional y la economía conductual es particularmente evidente en el ámbito del ahorro y el consumo. La economía tradicional asume que las personas disciernen con precisión qué es lo mejor para sí mismas, formulan planes de consumo óptimos a lo largo de su vida y los ejecutan con una determinación inquebrantable. También postula que el dinero no tiene restricciones inherentes en su uso, lo que permite que se desvíe libremente a otros fines en cualquier momento. Este potencial de desvío permite decisiones libres y flexibles, mejorando así el bienestar individual. Basándose en esta percepción, la economía tradicional predijo que las personas mantendrían niveles de consumo relativamente constantes a lo largo de su vida. Observó que los ingresos aumentan con la edad antes de disminuir drásticamente después de la jubilación, por lo que los patrones de consumo previstos se mantendrían independientes de los cambios en los ingresos relacionados con la edad. Sin embargo, los patrones de consumo observados en la realidad reflejaban fielmente los cambios en los ingresos según la edad. La economía tradicional explicó esta anomalía mediante el concepto de restricciones de liquidez, argumentando que los mercados financieros imperfectos limitan la capacidad de las personas para asegurar suficiente liquidez para el consumo actual utilizando ingresos o activos futuros como garantía. En otras palabras, las restricciones financieras hacen que los niveles reales de consumo caigan por debajo de la trayectoria óptima de consumo sugerida por la teoría.
Sin embargo, la economía del comportamiento considera el fenómeno de un consumo inferior al previsto durante la juventud y la vejez no como un resultado inevitable de restricciones externas, sino como el resultado de decisiones voluntarias impulsadas por mecanismos psicológicos individuales. Esto se explica mediante el concepto de contabilidad mental. Las personas compartimentan mentalmente diversos activos (efectivo, cuentas corrientes, cuentas de ahorro, vivienda, etc.) en cuentas distintas y aplican diferentes principios de uso a cada una. En la base de la pirámide de activos se encuentra el efectivo, el más accesible para gastar, utilizado para la mayoría de los gastos diarios. Muchas personas, a pesar de tener cuentas de ahorro, recurren a adelantos de efectivo con tarjetas de crédito con tasas de interés superiores al 20% cuando necesitan efectivo rápido. Desde el punto de vista financiero, es preferible retirar depósitos para su uso, pero las personas toman la decisión irracional de pedir prestado dinero a tasas de interés altas mientras mantienen los ahorros a tasas bajas. Las cuentas más sagradas para sus mentes albergan activos reservados para la jubilación, como pensiones o viviendas. Estos activos rara vez se retiran a menos que se presente el peor escenario posible. Cuando la contabilidad mental funciona de esta manera, la posibilidad de reutilizar los activos se ve significativamente reducida. El consumo en un momento específico del tiempo depende no sólo del ingreso total de por vida, sino también de a qué cuenta mental pertenecen los activos que generan ese ingreso.
Según la economía del comportamiento, incluso si las personas saben qué es lo mejor para ellas y diseñan un plan de consumo óptimo para toda su vida, tienden a preferir el presente al futuro y son vulnerables a la tentación. En consecuencia, las personas crean mecanismos internos para imponerse ciertas restricciones y así salvaguardar su propia seguridad y la de su familia a largo plazo; este mecanismo de autocontrol es precisamente la contabilidad mental. Desde la perspectiva de la contabilidad mental, las restricciones de liquidez enfatizadas por la economía tradicional pueden entenderse, en cambio, como el resultado de elecciones voluntarias diseñadas para bloquear preventivamente gastos que serían desventajosos a largo plazo. Si la contabilidad mental es un mecanismo que suprime las tentaciones inmediatas y obliga a las personas a posponer el gasto actual para el futuro —es decir, a ahorrar—, entonces las pensiones de jubilación y los sistemas nacionales de pensiones representan ejemplos de estos mecanismos personales institucionalizados a nivel social.