Esta entrada de blog examina si los avances en la tecnología de revisión de video pueden reemplazar el papel de los árbitros y los cambios resultantes en la imparcialidad y la autoridad.
La tecnología científica actual avanza a diario y ha penetrado profundamente en la sociedad moderna. Entre ellas, la tecnología de cámaras de alta velocidad captura instantes en deportes difíciles de interpretar para el ojo humano, lo que facilita la toma de decisiones precisas. Para decisiones como la clasificación en la pista de 100 metros, la incapacidad de un strike en deportes de combate o las decisiones de línea en tenis —situaciones donde el ojo humano simplemente no puede distinguir—, la tecnología de revisión proporciona un nivel de fiabilidad inigualable. Esta tecnología ahora desempeña un papel fundamental, más allá de ser una simple herramienta, garantizando la equidad en los deportes y ofreciendo a los espectadores una mejor experiencia visual.
Sin embargo, a pesar de contar con esta tecnología, más precisa y rápida para tomar decisiones que los humanos, la mayoría de las situaciones aún están controladas por los árbitros. Esto podría deberse a que la tecnología aún no ha avanzado lo suficiente como para determinar de forma independiente si se ha producido una infracción de las reglas. Pero ¿qué pasaría si, gracias al reciente resurgimiento de la investigación en IA basada en aprendizaje automático, esta tecnología se volviera lo suficientemente inteligente en un futuro próximo como para reemplazar por completo a los árbitros? Si dicha tecnología se volviera viable, ¿se volverían los árbitros realmente innecesarios? Esta pregunta exige un debate filosófico más profundo sobre hasta qué punto la ciencia y la tecnología pueden reemplazar las funciones humanas.
Antes de responder a esta pregunta, consideremos qué son la ciencia y la tecnología, y en concreto la ingeniería. La ingeniería ha evolucionado para resolver inconvenientes de la vida cotidiana y crear una vida más cómoda y eficiente. Para permitir conversaciones a grandes distancias, se desarrolló el teléfono. Posteriormente, a medida que evolucionó de los teléfonos móviles a los smartphones, innumerables ingenieros trabajaron incansablemente para mejorar la calidad de las llamadas y aumentar la velocidad de transmisión de datos. A lo largo de este proceso, la ingeniería ha servido no solo como una herramienta para resolver problemas, sino como una fuerza vital que guía la vida humana hacia una mayor mejora. De igual manera, en el deporte, la tecnología de videorrevisión ha avanzado para capturar instantes insólitos que el ojo humano no puede seguir. Esto proporciona un respaldo extremadamente sólido para las decisiones arbitrales y evita disputas innecesarias.
En consecuencia, las interrupciones en el desarrollo del juego han disminuido, lo que reduce la carga de los árbitros al tomar decisiones, permite a los espectadores ver el partido con mayor fluidez y a los jugadores evitar altercados innecesarios. Esto también contribuye significativamente a mantener el espíritu competitivo puro del deporte. Pero ¿puede este progreso tecnológico resolver todos los problemas? Cuanto más avanza la tecnología, más nos preguntamos hasta qué punto podemos reemplazar el juicio y la emoción humanos.
Pero ¿hasta dónde puede y debe progresar esta ingeniería? Las tecnologías recientes han avanzado tanto que uno se pregunta si es siquiera necesario un mayor desarrollo. Hasta ahora, la tecnología de la ingeniería ha reemplazado tareas que eran ineficientes, innecesarias o peligrosas para los humanos. Pero los avances futuros podrían incluso reemplazar tareas que los humanos deberían realizar, o incluso tareas que los humanos desean realizar. ¿Qué sucede cuando las máquinas realizan tareas originalmente pensadas para los humanos? Debemos reflexionar sobre si este progreso tecnológico realmente sirve a la humanidad o convierte a los humanos en sus subordinados.
Para los árbitros, la mayor ventaja de la videorrevisión es que ya no son responsables de decisiones ambiguas. En otras palabras, la responsabilidad que debería recaer en la máxima autoridad del deporte se transfiere a un objeto inanimado —una máquina— que no puede ser considerada responsable. Si bien es cierto que las revisiones aún presentan muchos errores y que las limitaciones de costos impiden el uso excesivo de cámaras de alto rendimiento, lo que significa que la fiabilidad de la máquina no es absoluta, no hay garantía de que esto siga siendo así.
Esto plantea la posibilidad de que la gran responsabilidad de controlar el desarrollo de un evento deportivo pase completamente de los humanos a las máquinas. Esto implica una transferencia completa no solo de responsabilidad, sino también de autoridad. Este proceso nos impulsa a reconsiderar el rol del árbitro: va más allá de la mera aplicación de las reglas y abarca la función crucial de mantener el criterio humano y la imparcialidad.
No importa cuán absoluta sea la autoridad de una persona, sigue siendo humana. Pero si la autoridad absoluta se convierte en dominio de las máquinas —en otras palabras, si los sistemas llegan a dominar a los humanos—, ¿qué sucede con el significado de la existencia humana? «Un mundo feliz» es una novela que describe un mundo donde todas las vidas están controladas por «el sistema». Allí, los humanos existen únicamente como engranajes del sistema, con roles explícitos asignados al nacer y viviendo bajo constante adoctrinamiento. En consecuencia, el conflicto deja de existir globalmente: no hay guerras, frustraciones ni injusticias. Todo fluye únicamente a través del sistema. El deseo real de cada persona por un mundo así puede variar de persona a persona. ¿Y quizás el autor de la novela, Aldous Huxley, ofreció una respuesta a esta pregunta? Los personajes de la novela viven sin cuestionamientos ni preocupaciones, pensando únicamente en el placer y la estabilidad momentáneos. La intención de representar un mundo así como una distopía surge del hecho de que él no lo desea en absoluto. Lo que afirma es que un mundo así ya no es un mundo para «humanos».
Aunque la sustitución de los árbitros deportivos por la tecnología de videoarbitraje no signifique la llegada de un nuevo mundo, cuando la máxima autoridad en un deporte se convierte en un sistema en lugar de un ser humano, sentiremos ese nivel de miedo instintivo. Arbitrar situaciones que involucran intereses contrapuestos es fundamentalmente difícil, por muy correcta y precisa que sea la decisión. Por ejemplo, en el fútbol, los criterios para penalizar una entrada —incluso en situaciones de falta idénticas— varían según la intención del jugador, y las sanciones difieren en consecuencia. Estas situaciones son difíciles de aceptar sin un proceso de mutuo acuerdo entre el infractor, la víctima y el árbitro. El sistema ignora este proceso de consenso, dejándonos sin otra opción que la desesperación ante un sistema incapaz de comprender el corazón humano ni la esencia del ser humano.
Como resultado, los jugadores pueden perder gradualmente de vista el significado de su juego. Ante juicios insensibles y tajantes, podrían sentirse menos como atletas que desafían los límites humanos mediante la práctica y la competencia justa, y más como marionetas bailando dentro de los límites de un sistema. Ya observamos esta tendencia en la sociedad moderna, donde muchas personas, dominadas por un sistema capitalista cada vez más perfeccionado, apenas perciben el significado de sus propias vidas y comienzan a observar con impotencia el avance de la tecnología y la sociedad. Si la tecnología de videoanálisis se apodera por completo del juego, un fenómeno similar podría comenzar en el mundo del deporte.
En última instancia, incluso en tal escenario, deben ser las personas quienes puedan revolucionar el sistema. En el deporte, los árbitros deben seguir existiendo como intermediarios vitales que conectan a los jugadores de ambos equipos. En el futuro, su rol podría reducirse ligeramente para garantizar decisiones precisas y sin controversias. Sin embargo, nunca se debe permitir que el sistema en sí se convierta en la autoridad suprema eliminando la existencia misma del árbitro. Las competiciones deportivas, donde la sangre, el sudor, las lágrimas y la pasión de los atletas dan sus frutos, nunca deben dejarse enteramente al criterio de un sistema completamente ajeno a dicho esfuerzo humano.